Agustín de Hipona y la música. La relación entre la razón y el número (II)

  1. El tránsito de los números al alma

Expuesta ya la presencia de los números en la música, Agustín vuelve la mirada hacia el alma, donde encuentra también esta estructura. El paso al interior no busca un placer interior. Esto es, este giro no busca que en lugar del placer corporal que se alcanza por el contacto con los sonidos ahora se experimente o alcance una suerte de éxtasis interno a propósito de la música. En este sentido, el verdadero placer de la interioridad consiste en el descubrimiento de realidades espirituales a partir del ejercicio dialéctico de la razón. Y así, Agustín busca transformar el interés de los músicos de reproducir obras bellas, o el de los teóricos de describir las figuras y proporciones que resultan bellas, por el interés de encontrar los principios últimos de la belleza y, con ello, de sustituir el afán de placer sensual por la verdadera felicidad. Así, en el libro VI señala:

Estas obras están escritas para aquellos que, entregados a las literaturas del siglo, se enredan en grandes errores y consumen sus buenas inteligencias en bagatelas, sin saber qué es lo que en ellas les deleita. Si en esto reparasen, verían por dónde huir de tales redes y cuál es el lugar de la seguridad felicísima.[1]

El desplazamiento de lo corporal a lo incorporal va acompañado de un cambio de función del alma: de la sensación a la razón. Pero este cambio es también progresivo. Ya se había iniciado preguntando por la belleza en la métrica y la rítmica. Ahora seguirá su recorrido volviendo la mirada sobre el alma misma. El paso inicial lo marca la pregunta por la causa de la belleza. En la mirada sobre el alma, la razón encuentra restos (vestigium) de lo que ha percibido. A estos vestigios los denominará Agustín de ahora en adelante números.[2]

En efecto, aquello que se conserva interiormente sigue siendo música, pero difiere frente a la que se puede escuchar. Al encontrarse ahora en el interior, la música ha perdido cierto aspecto de su ser cambiante; ha perdido materia. Esto que queda después de perder materialidad es precisamente la constitución numérica. Es decir, la estructura ontológica conserva sobre cualquier aparecer lo material. Esto es, lo que une aquel dato sonoro y su recepción en el alma será el que uno y otro sean números.[3]

Sobresale también el hecho de que los ejemplos que usa de ahí en adelante son extraídos de un himno cristiano, del himnario ambrosiano Deus creator omnium. Sus ejemplos no son ya extraídos de la tradición pagana. Este hecho refleja tanto el propósito del libro sexto y del diálogo en general, propósito que expusimos más arriba, la exposición del camino que por medio del número busca elevar al hombre, sólo extrae de aquella escena el ejemplo de himno, pero no logra una reflexión más allá de esto.[4]

Al mirar el tránsito de los números el alma, se da cuenta de que los números están presentes en las distintas fases del camino de elevación. Se notan allí los números que conforman sonidos (números sonoros/sonantes); los que se sienten (percibidos/occursores); los que el alma vuelve a producir, tanto exterior como interiormente (números proferidos/progressores); los que se instalan en la memoria (números de la memoria/recordabiles); finalmente, aquellos con los cuales se puede juzgar la belleza de la obra (números judiciales/iudiciales).

La idea que permite su distinción es que el sentido puede ser engañado o actuar por conveniencia sin darse cuenta de ello, mientras que la razón, en virtud de que capta lo que permanece, no admite engaño. Con ello Agustín insiste en que, aunque el sentido y la capacidad de raciocinio humana son capaces de razón, sólo la última la capta en su perfección, en su necesidad y permanencia, de allí que sea la razón la encargada de descubrir la meta de la búsqueda de la belleza, de descubrirla. Esta capacidad superior de juicio que tiene la razón la adquiere en virtud de que sus normas, sus números, son superiores a los demás; en virtud de números que no proceden de la experiencia, sino de una realidad superior.[5]

En efecto, no podría “ser de ningún modo capaz, sin poseer armonías más vigorosas, de juzgar las armonías que tiene bajo sí misma en inferior grado”.[6] El ser humano encuentra estas armonías en su memoria.[7] Dentro de la ontología agustiniana, el ser humano es descrito como ser temporal. Posee una memoria de lo temporal, que sería aquella en donde se almacena lo percibido. Pero si no pudiéramos retener de forma unificada en la memoria los datos que nos llegan del exterior, señala, todos ellos se nos presentarían totalmente inconexos, carentes de sentido y, por ende, de belleza. Así, la memoria funciona también como eje unificador de la realidad percibida.[8]

En el caso de la percepción de la música, si no fuera por la capacidad de unificación que hay en la memoria, las obras musicales serían percibidas como meras sucesiones de sonidos inconexos entre sí. Es la memoria la que hace que la percibamos como obra, es decir, la que permite que se comprenda como unidad y que sus partes entren en relación entre sí. Y lo que ocurre con los números de la percepción, ocurre con los demás números: gracias a la memoria, podemos producirla en nuestro interior y en nuestro exterior o podemos experimentarla como bella. La capacidad de percibir las cosas en su unidad no se encuentra, pues, en la memoria de lo temporal, sino en la memoria de lo eterno, aquella que alberga el principio de unidad. Este principio trasciende al alma, pues el alma es también temporal. Es un principio que otorga estabilidad, permanencia, en suma, unidad. Esta es, podría decirse, una suerte de prueba de la presencia de Dios en el alma, asunto que desarrollará Agustín en textos posteriores.[9]

Y en este sentido la razón es capaz de juzgar los demás números en virtud de que ella alberga razones superiores, alberga la unidad; ese es su criterio de juicio. En la unidad que trasciende el alma misma. Con este hallazgo se alza la última clasificación de los números, en orden a distinguir los números en su carácter ontológico de acuerdo a la lejanía o cercanía con el principio unificador. En ella se encontrarían en un primer nivel los números sonantes; estarían luego los números en el alma, en este orden: los occursores o percibidos, en los cuales los sonantes son oídos; los progressores o proferidos, por medio de los cuales se pueden generar; los recordabiles o de la memoria que permite almacenarlos para traerlos de nuevo; y los sensuales o del juicio sensible, por medio de los cuales se experimenta placer o dolor.[10]

Finalmente, se encontrarían los números racionales o judiciales, que, estando en el alma, dan unidad a los demás y sirven para juzgar su belleza. El camino para detectar los números ha sido el de la razón. No obstante, esto no quiere decir que ellos se limiten a ser un dato racional. Estos números, por el contrario, operan en el conjunto entero de la percepción, están presentes en los demás números, así: a) en cuanto a los sonantes: son condición de belleza de la obra, b) en los occursores: permiten experimentar la obra como unidad y sus partes en relación, c) en los progressores: permiten producirla concibiéndola como unidad y siguiendo patrones de igualdad, d) en los recordabiles: por la unidad se unen las partes y se concibe la obra como una; finalmente, gracias a dichos números puede ser e) experimentada sensualmente como bella o no bella. Así, hasta el momento tenemos que el principio de unidad es un principio ontológico en virtud del cual las cosas son bellas.

Conclusión: frente al horizonte de un mundo numérico

Por medio de la descripción fenomenológica de la experiencia de la música y del análisis de las estructuras que hacen posible esta experiencia, Agustín considera haber encontrado el principio de la belleza. Para llegar hasta él, ha descubierto un mundo ontológico gobernado y armonizado por los números, que, en último término, encuentran su origen en un principio unificador que lo trasciende. Con dicho hallazgo, considera Agustín haber alcanzado el propósito por el cual emprendió la redacción de su texto.

Una vez abierto el mundo ontológico espiritual, el mundo material cobra una nueva dimensión. La estructura numérica gobierna no sólo los ritmos sonantes y la experiencia del alma, sino también la creación entera en su constitución ontológicamente rítmica. Estas ideas cobraron rigor y relevancia en el pensamiento posterior de Agustín por ejemplo en el texto De ordine, afirma:

Nada de esto podría hacer si la muchedumbre de las cosas se nos mostrase indefinidamente sin determinados términos fijos. Se advirtió en consecuencia, como sumamente urgente la necesidad de aplicar los números[11].

            Se observa que cuando Agustín habla de números, no se detiene en el significado que tienen en su oficio de contar unidades. Se refiere principalmente a su papel, en este caso, ordenador de lo que sin él permanecería en confusión; y la eficacia del numero para hacer tender a las cosas hacia una unidad perfecta, componiendo armónicamente un todo con la significación definida y propia, liberando de su estado de aglomeración caótica. Para él, siempre que haya elementos de algún modo concurrentes al logro de un fin o telos unitario, hay numero:

Y lo que, no estando ordenado a un fin concreto, y sin embargo se desenvuelve razonablemente en medidas ordenadas, fue designado con el nombre de ritmo, que en latín solo puede llamarse numerus[12].

            De este modo Agustín ve los números, tanto en De ordine como en De musica, esparcidos por todo el universo, estableciendo la racionalidad, la inteligibilidad, el orden por partes, reduciéndose a la unidad los elementos dispersos y componiendo los acordes de la música.


[1] De mus. VI. I. 1.

[2] Cfr. M. Dussán, Filosofía en la música de San Agustín, 91.

[3] Cfr. M. Dussán, Filosofía en la música de San Agustín, 92.

[4] Cfr. M. Dussán, Filosofía en la música de San Agustín, 92.

[5] Cfr. M. Dussán, Filosofía en la música de San Agustín, 93.

[6] De mus. VI. IX. 24.

[7] Se descubren aquí dos dimensiones de la memoria: una de lo mudable y otra de lo inmutable. Lo mudable recuerda bajo la condición temporal, la memoria de lo eterno contiene los principios eternos.

[8] Cfr. M. Dussán, Filosofía en la música de San Agustín, 94.

[9] Cfr. M. Dussán, Filosofía en la música de San Agustín, 95.

[10] Cfr. M. Dussán, Filosofía en la música de San Agustín, 95.

[11] De Ordine II, 35.

[12] De ord. II, 14, 40.