Un viaje en barco

«El mayor explorador de esta tierra no hace viajes tan largos como el que desciende al fondo de su corazón y se inclina sobre los abismos donde el rostro de Dios se mira entre las estrellas«. Julien Green.

Un barco no se hizo para estar anclado en el puerto sino para aventurarse en el mar, aunque tenga una sola vela. De poco sirve un barco atado si fue creado para la aventura de navegar. Tener miedo al mar pareciera una contradicción si siempre has soñado con el día de zarpar. Es normal que se dude que el frágil barco llegue a buen puerto cuando sus velas no son las mejores. Lo importante es salir y estar ligeros de equipaje. ¿Qué norte puede llevarte a buen puerto? ¡Es una locura hacer un viaje tal con tal embarcación! Siempre hay quien no confía en que puedas y es entendible, Tú mismo no confías en ti, pero eso no importa. Ni los otros ni tú mismo son la medida de las cosas.

A pesar de tener sólo una vela, tienes qué salir a mar abierto. Quien bordea para estar cerca de la orilla, en sus propias certezas, no llega a ningún lado que valga la pena. Hay que salir fuera, aventurarse, es necesario dejar incluso lo querido y amado y eso no siempre se entiende ya que genera incomprensión y olvido. Sabes que pronto se olvidarán de ti en el puerto de dónde saliste, a eso te arriesgas. El marinero deja el puerto atrás, pero el mar no es la meta, sino un puerto nuevo. Vas por siempre más. Semper maior.

Y sucede lo que ya sabías. En el silencio y distancia llegan las tempestades,  la soledad, el desánimo. ¡Una cosa es saberlo y otra es tener experiencia de ello! llega el día en que la ausencia ya es costumbre y vuelven los fantasmas enterrados del pasado, porque te has arrojado a aventuras de las que no tienes todo el control. Reconoces el riesgo de salir herido. Está el riesgo de sentirte fracasado, cuando antes ya has zarpado y regresado. Sabes que la soledad no es tal, que la debilidad no es  lo determinante.  Sabes que debes seguir la luz a pesar de las tempestades y tener fidelidad a lo ya visto. Como en la experiencia de Pedro, sólo se hunde quien desconfía. Estando en mar abierto es inútil añorar, tener nostalgia de lo que quedó atrás. Zarpar es más que abandonar, es saberse abandonado. Pero todo eso es menor porque sabes dónde está el corazón. Pablo d’Ors afirma que ”cuando no eres quien eras ni quien deseabas ser, puedes empezar a ser tú. Solamente a la interperie hacemos la experiencia del ser. Cuando no se puede regresar ni avanzar, sencillamente eres”. 

Seguir la ruta que marca una estrella siempre es el mejor guía, no las antiguas seguridades. Rendirse totalmente al amor implica morir un poco, dejar lo viejo para llegar a ser un hombre nuevo. El viaje fundamental de la vida implica reconocer al Principio y Fundamento y dejarle tomar el rumbo que tiene para ti. Sabes que el duc in altum antes que una valentonada, es un riesgo al que hay que confiarse porque, como decía san Juan de la Cruz, «para ir a lo que no sabes, has de ir por donde no sabes«. Abandonarse, dejarse llevar es razonable si sabes que hay un destino amoroso que no sabes a dónde te llevará, pero será el mejor sitio donde puedas estar.