A propósito del día de muertos: Bertha y Toño.

Llegó el 31 de octubre y Bertha, a pesar de la edad, que ya le había llegado, se levantó muy temprano –más que de costumbre– y con entusiasmo se preparó para ir al «Mercado de Abasto» para realizar sus compras. A pesar de su avanzada edad, la emoción de saber que, pronto vendría a visitarla el amor de su vida le motivaba más.

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Una tarde de primavera Bertha salía de su trabajo en una tienda de autoservicio y, mientras esperaba a que pasara el camión que la llevaría a su casa, las gotas de agua comenzaron a caer del cielo. Toño que esperaba en la misma parada, a ver que ella extendió su mano para que el autobús se detuviera y que debía pasar bajo el agua, le extendió la sombrilla para rescatarla de la lluvia. Subió al mismo camión, pues le quedaba de paso y, al bajar ella, ya habían platicado por un tiempo así que, se ofreció para acompañarla y así evitar que se mojara.

Con pesar en las piernas y lento caminar llegó al mercado y comenzó a hacer las compras: pan de muertos, flores de cempasúchil, chile y de más ingredientes para el mole, pollo y chocolate. Con trabajo cargó su bolsa y se dirigió a casa en donde, hacía varios años había vivido con su esposo.

Al llegar a casa se sentó en el sillón; mismo que, a pesar de estar un tanto roto y hundido, no había cambiado porque le recordaba a su viejo. Luego se puso de pie y comenzó a preparar la comida: el mole, el arroz, higaditos con huevo, calabacitas en dulce y demás.

Nunca tuvieron hijos, porque ella no podía. Sin embargo, tuvieron sobrinos por parte de las hermanas de él, a quienes trataron como hijas. Por otra parte, ambos cuidaron su relación cada día, hasta que él enfermó de cáncer en el estómago y luego pereció.

Al siguiente día muy temprano comenzó a colocar el altar: las mesas –que arrastró con cierta dificultad–, los manteles, las velas, el arco, el papel picado, las flores; luego comenzó a colocar la comida que había preparado, el pan y las calaveritas de azúcar. Después colocó la fotografía de su esposo: joven, con largo bigote, camisa a rayas y serio, como él era casi siempre frente a los demás, porque cuando estaba con ella, a pesar de la edad y la enfermedad, la hacía reír constantemente. Luego colocó las fotografías de sus padres: de ella y de él. Aunque el motivo principal en el altar, era su amado Toño.

Aunque aún faltaban algunos días para el primero de noviembre –día en el que llegaban los muertos– ella ya estaba emocionada, pues sabía que, aunque no lo vería físicamente, él estaría con ella acompañándola.

El día que él murió, 8 años antes, ella se encontraba en casa. Lo había dejado en el hospital para irse a bañar y, aunque ella no deseaba dejarlo solo en la cama, él le insistió en que se fuera a casa un rato. Cuando volvió él ya no existía.

El 1 de noviembre llegó y, con cierta emoción se fue a comprar algunas otras cosas para completar el altar: una botellita de mezcal, cerveza, coca cola, un cigarrilo; encendió copal e incienso y una de las veladoras. Puso un camino de flores acompañado de velas para que encontrara el camino. Luego hizo el aseo completo de la casa para que cuando él llegara la sintiera como cuando vivían juntos.

Se sentó en el sillón a esperar, con la vaga esperanza de sentir su presencia que, mucha falta le había hecho esos años y, como niña pequeña que esperaba de noche emocionada los juguetes que los «Reyes Magos» dejaban el 6 de enero, se sentó frente al altar.

Eran aproximadamente las 6:30 de la mañana cuando el frío la despertó.

Se había quedado dormida y, aunque estaba deseosa de esperarlo despierta aquella noche del primero de noviembre, eso no había sucedido. Sin embargo, se sentía feliz pues, aunque no lo había visto, esa noche entre sueños él apareció: feliz, joven, fuerte y risueño, como solía ser en vida.

Tomó del altar los higaditos y la coca cola para desayunar. El sabor de la comida era diferente; quizá la mezcla de sabores en el altar o, su esposo ya había degustado lo que con tanto cariño le había dejado la noche anterior. Pero el sabor era diferente.

Más tarde se dirigió a casa de sus sobrinas para compartir la comida y la bebida y, a pesar de las diferencias que podía haber algunas veces entre las familia, en esa ocasión disfrutaron con amor, pues de algunas manera, los ancestros y seres amados, estaban presentes en sus corazones; en el sabor y los colores; en las bebidas y las charlas en las que los recordaban.

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