¡Sálvanos señor que perecemos!

Hace casi dos años que la frágil barca de nuestro planeta es asolada por una gran tormenta, se llama coronavirus. Sin embargo, al igual que los apóstoles algunos de nosotros sabemos que en esta embarcación se encuentra el mesías, es por este motivo que nos atrevemos a gritar: ¡Sálvanos, Señor que perecemos! Sin embargo, pareciera que nuestro clamor no es escuchado en el cielo, asunto bastante grave, porque esta nueva cepa nos encuentra casi sin fuerzas para resistirla.Pero ¿es posible que el buen Dios, Creador del cielo y de la tierra, ¿que dio su vida para salvarnos no escuche a sus hijos en tiempos tan difíciles? Esto al menos parece paradójico.

Si leemos el libro del Génesis, podemos constatar, que desde el inicio de la historia de la salvación hay algunas controversias entre Dios y el hombre sobre el significado de la salvación. En el paraíso, el hombre vivía en una profunda unidad con su creador, pero sin embargo era libre. Y para que la libertad pudiera hacerse efectiva Dios le prohíbe comer de uno de los árboles. Al transgredir la ley deja de hacer la voluntad divina, para hacer la suya, por tanto, en vez de depender del creador, empieza a depender de sí mismo.

Al salir del paraíso, experimenta su fragilidad existencial y descubre que no puede sobrevivir con sus propios medios, y por consiguiente que necesita que lo salven, y empieza a buscar a su díos.

Por otra parte, Dios conoce el corazón humano y como es misericordioso decide salirle al encuentro, para lo que inaugura un plan de salvación que sigue vigente hasta nuestros días, pero que el ser humano parece no entender bien, por lo que asume como adversos los vientos favorables (San Agustín. De la vida feliz. Prefacio. 1-3).

1. La respuesta divina

Al ver a su criatura desamparada fuera del paraíso, Dios, se compadece de él y decide salvarlo. Para esto entra en la historia eligiendo un pueblo que será suyo y tendrá que aprender a vivir dependiendo de él en forma radical. Para guiar a Israel elige a los profetas a quienes manifiesta su voluntad, y les promete un mesías que vendrá a salvarlos.  No obstante, el pueblo de Israel interpreta mal la promesa divina. Cuando escucha hablar de Mesías entiende que se trata de un ungido de Dios que lo iba a salvar. Sin embargo, los israelitas eran un pueblo pequeño que formaba parte del gran imperio romano, y aunque el emperador era bastante respetuoso de la fisonomía de cada pueblo había que pagarle impuestos y obedecerle. La situación hacía a estos hombres muy concientes de su necesidad de salvación lo que, por una parte, mantenía en ellos viva la pregunta, y la espera, pero por otra los confunde ya que piensan en un Mesías político y no reconocen al Verbo hecho hombre.

Pero, el problema de Dios era un poco distinto. No se trataba de salvar a su pueblo, por enésima vez de otro que los dominaba, sino de reconciliar al hombre consigo mismo y con su Creador, para que así pudiera ser feliz. Y para enfrentar el asunto crea un plan sólo posible de realizar para un Dios infinitamente bueno y omnipotente: decide que su Verbo se encarne y entre en la historia para acompañar al hombre en la vida diaria, y hacerlo saber que el Dios altísimo entiende y se compadece de su dolor cotidiano, y quiere vivirlo junto con él, para poder redimirlo desde dentro; y así, darle un sentido a su vida, hacer que busque el bien y eliminar su amargura

Si contemporizamos esta reflexión, podríamos pensar que, si Dios quisiera salvarnos al inicio de este siglo, debería eliminar esta enfermedad que nos impide realizar con normalidad la vida cotidiana. Sin embargo, tal vez su proyecto tiene un aspecto más sutil, porque su salvación supera las dimensiones temporales, por lo que no se contenta con mantenernos vivos.

2. Cristo como médico de cuerpo y alma.

Ilustremos un poco esta idea utilizando algunos ejemplos bíblicos. (CFR MC 1:40) aquí Jesús se encuentra frente a un hombre con lepra que le dice que si quiere puede sanarlo. Su carne estaba siendo comida completamente por la enfermedad y seguramente era ya muy difícil curar las heridas. A demás nadie podía acercarse a él porque era considerado impuro. Por consiguiente, para este hombre el problema de la salvación tiene que ver con su curación. Por eso, seguramente, antes de acercarse a Jesús, había estado escondido entre la multitud mirándolo, y se había dado cuenta que era uno que tenía poder para curarlo, por eso cuando se decide a pedírselo le dice muy seguro, si quieres puedes limpiarme.

Y, al ver a este hombre enfermo, que pide con tanta fe, porque lo ha reconocido se conmueve y después de contestarle: “si quiero”, lo sana. Y como es muy discreto le pide que vaya al templo a presentar su ofrenda pero que no le cuente a nadie este asunto. Pero el hombre no puede, porque después de haber sido sanado de la lepra, de que a uno le han devuelto la vida y de que el dolor que nos hacía consientes de cada una de las células de nuestro cuerpo a cesado por fin, y de que además podemos de nuevo acercarnos a los otros hombres sin tener vergüenza, no se puede callar, porque el corazón grita y este hombre va glorificando a Dios por todas partes y anunciando que a llegado uno que sabe salvar y hacer feliz a cada uno de los seres humanos.

3. Jesús señor de la vida y de la muerte.

En el pasaje de Mc 4,35 impacta por lo paradójico. Jesús acababa de enseñar a mucha gente y había decidido ir a la otra orilla con sus discípulos. En la mitad de la travesía el lago se enfurece y los discípulos se asustan y despiertan a Jesús para que los salve. Aquí el pedido de salvación de sus amigos aparece casi como un reproche, Maestro, ¿no te importa que perezcamos?

A esto Jesús responde con una pregunta: ¿porqué tienen miedo? ¿no tienen fe? Los discípulos estaban empezando a hacerse amigos de Jesús y se daban cuenta que era el Mesías, pero aún no han logrado entender completamente la profundidad de su mensaje y la forma en que esté ha decidido salvarlos. Intuyen que es un absurdo perecer en una tormenta con el Mesías a bordo, por eso lo despiertan, y le preguntan si no le importa que el barco se hunda, ya que la actitud de Jesús parece ridícula. Entonces Jesús despierta y después de tranquilizarlos le ordena al viento y al mar que se calmen. Entonces sus amigos se admiran de nuevo por su poder y se preguntan de donde viene, porque reconocen que tiene autoridad sobre la naturaleza.

Al leer este pasaje podemos empatizar perfectamente con los apóstoles, después de un año de pandemia y de cientos de muertos por todo el mundo, pareciera que a Jesús no le importara que pereciéramos. Sin embargo, “El Hijo del Hombre”, podría volver a contestarnos: es que tienen poca fe. Esto pone de manifiesto la discordancia   señalada al inicio de este escrito, pareciera que hay una diferencia entre lo que el Creador y la criatura entienden por la salvación, entonces, no logramos integrar la pandemia en el designio bueno de Dios. ¿y si este fuera su modo de salvarnos? Si hubiera tenido que inventar una encrucijada mundial para poder reconducir nuestra vida hacia el bien y que pudiéramos ser felices. En la mentalidad mundana que relaciona la felicidad con la adquisición de bienes materiales y de ausencia de dolor, esto es incomprensible. No obstante, según san Agustín, la felicidad consiste en una cierta mesura del alma. Es considerado feliz y pleno aquel hombre que se modera tanto en las riquezas como en los placeres. Este es el hombre virtuoso, que es dueño de todas sus acciones y que no se deja llevar por ninguna pación desenfrenada (San Agustín. De la vida feliz. 33-34). Esta perspectiva se contrapone con la cultura consumista, que adquiere bienes para llenar su vacío existencial, y que pone la satisfacción del deseo inmediato por sobre el proyecto realizado con esfuerzo y a largo plazo.

Al definir la vida feliz el Santo de Hipona sostiene que se trata de deleitarse de los bienes espirituales y menospreciar los materiales. Cuando el alma adquiere una mirada espiritual es feliz, porque descubre la verdad, que consiste en ser consciente de su propia naturaleza y de aquel bien que sacia todo su deseo. Este descubrimiento la hace gozar del amor de dios, asunto que no pueden realizar ninguna de las demás criaturas (Cfr. San Agustín. De la vida feliz. 34). No obstante, aquí el alma adquiere su verdadera medida, es por eso que la felicidad humana consiste en una plenitud que no admite ninguna desproporción, y tiene como requisito reorientar los afectos humanos hacia el dador de la vida, sin embargo, el ser humano es el único que puede ir en contra de su propia naturaleza y decidir poner su corazón en bienes perecederos.

En este ensayo hemos podido mostrar que el problema del hombre del siglo I es el mismo que el nuestro. Ambos necesitan ser salvados y tienen conciencia de ello, más o menos, dependiendo de la situación personal en la que se encuentren. Pero ninguno de los dos, sabe bien cómo debe ser salvado ni de qué; porque muchas veces no es capaz ni si quiera de conocer su propio corazón. Por esto la propuesta de salvación de Dios lo supera, ya que este se encarna para vivir las mismas situaciones que él, y así poder mostrarle su sentido. Por eso está en el temporal con sus amigos y les muestra que “El Hijo del Hombre”, es capaz de dominar la naturaleza y ponerla al servicio del ser humano. También sana al leproso, para que sepa que no está solo y que hay alguien que se compadece de él y que lo quiere, asunto que demuestra al devolverle la salud.

Entonces, podemos darnos cuenta de que la salvación que Dios nos regala es mucho más radical y concreta de la que podemos imaginarnos ya que El creó nuestro corazón con una sed de infinito que sólo él mismo puede saciar, y para realizarlo mendiga nuestro consentimiento hasta el punto de morir en la Cruz, y no contento con esto se vuelve tan pequeño que entra en forma de pan en un sagrario. Por eso pidamos al Padre la gracia de poder ser siempre mendigos de su hijo que convierte la vida de cada hombre en plan de salvación y así redime la historia de toda la humanidad.

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