«Casi una experiencia religiosa»

Hace unos días bromeaba con un amigo teólogo sobre cómo la mención de la «experiencia religiosa» nos evoca a ambos aquella canción de Enrique Iglesias que se escuchaba en los años 90s.

Llamaba mi atención el hecho de que, desde hace mucho tiempo, las expresiones artísticas han evidenciado dicha experiencia de tipo religioso, nacida del amor entre dos personas.

Hoy traigo a colación tres canciones actuales de artistas populares, que tocan estos temas, aunque en distintos grados de profundidad: «DIOS» de Lasso; «Ateo» de C. Tangana y Nathy Peluso; y «Plegarias» de Nicki Nicole.

No podríamos decir que son himnos de fe, pero sí canciones de amor (algunas con historias controvertidas). Las tres hablan de una persona concreta que hace de mediación en el encuentro con Dios (si es que puede llamarse así). Es interesante ver cómo el amor humano se vuelve un camino hacia un amor más trascendental. Las tres se presentan como testimonios, generalmente teniendo a un tercero como oyente; pero también incluyen frases dichas directamente a Dios, o dirigidas a la persona amada. Son una especie de alabanzas o plegarias disfrazadas. Díganme ustedes si esto no es una auténtica oración: «Oye, Dios, sé que tú y yo ya no hablamos, que tal vez yo me he alejado. Por eso hoy yo te llamo, para agradecerte por habérmela enviado. Dios, me perdonas».

En las tres, sin embargo, se asoma el peligro de quedarse con el medio y no con el fin; de «endiosar» a la otra persona, de pensar que el cielo es estar con el ser que aman. Se hace manifiesta ahí la exigencia de eternidad que supone el amor: «Quiero estar con ella para siempre. Menos ya no es suficiente».

Hablan también de heridas, que se ven sanadas gracias a esta intervención amorosa de otro, a quien se reconoce como don de Dios, como un milagro venido o caído del cielo. Un regalo que es, además, hecho por amor: «Alguien del cielo me debe amar».

Estas canciones no están exentas de algunas contradicciones o de elementos incompatibles con la fe, pero analizar sus letras me hacía reflexionar en el camino que recorre todo creyente. Cuando éste apenas inicia, o cuando llega a un momento culmen en el que se suscita una conversión. Me invitaba a no juzgar o frenar los primeros impulsos, no siempre ordenados, sino a purificar las intenciones, a equilibrar las motivaciones y orientarlas hacia el bien. Hay algunos que conozco que entraron a un grupo juvenil por encontrar pareja, o al seminario por ir de vacaciones, y terminaron siendo sacerdotes entregados a Dios y a su Iglesia, matrimonios comprometidos, laicos que testimonian y construyen el Reino. Dios se vale de todo para salirnos al encuentro. El amor entre dos personas es, sin duda, uno de los medios privilegiados, de los senderos que Él prefiere para llevarnos a vivir esta experiencia religiosa, es decir esta experiencia que nos religa o nos relaciona con Él. En el amor humano también hay algo de Dios, que San Juan define como amor (cf. 1 Jn 4, 8).

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