Observar

No se comprende lo que no se conoce y no se conoce lo que no se observa. Aprende a observarte mientras buscas comprender el mundo que te rodea. A veces tengo la sensación de que la mayoría de nosotros estamos distraídos, atrapados por la marea de signos que salen de los dispositivos tecnológicos, aturdidos por el ruido de una época obsesionada con la dispersión infinita. Todo esto nos supera y confunde, pero sobre todo nos separa de la comprensión de nuestra existencia, lo que es fundamental para que nuestra vida tenga un sentido.

Cada día hay miles de situaciones susceptibles de ser comprendidas. Somos hermeneutas de la realidad y nuestra voluntad de comprensión incide en aquello que leemos; la idea de que la vida es un texto para ser leído es muy antigua, ya se hablaba de ello en el medioevo, pero no por ser una metáfora gastada deja de mostrarnos indicios claros de la experiencia humana en el mundo. Sí, somos lectores, me queda claro, pero si leemos las circunstancias, también es cierto que las creamos, por lo que además de lectores somos escritores. Renunciar a este deber es ejercer una dolorosa traición en nosotros mismos; abocarnos a ello, en cambio, es asumir el prodigioso viaje de la sabiduría.

La filosofía se ha olvidado que el conocimiento ha de ser para la vida, no para la creación de textos académicos. La pregunta que deberíamos hacernos constantemente es la siguiente: ¿qué puedo hacer con lo que sé?, porque finalmente se trata de reconocernos como agentes de la inteligencia en el mundo; piensa que incluso cuando estamos simplemente contemplando la realidad, dicha mirada no se encuentra exenta de acción: pensar es un acto, sentir es un acto, deducir es un acto. No hay pasividad en la meditación, más bien todo lo contrario: no hay nadie más preparado para vivir que aquel que ha construido un mapa interior del mundo en el que se desenvuelve. Quien observa es quien ve; por el contrario, quien se mueve a tientas por el mundo, movido por impulsos caprichosos no es sino un ciego que busca pero no sabe lo que busca, de tal manera que cuando lo encuentra no se percata de su hallazgo. Está condenado a echar por la borda los tesoros porque no comprende su valor.

En un mundo como el nuestro, obsesionado con un pragmatismo hiperactivo, la persona ha pasado a ser parte de una larga cadena de acciones desconectadas entre sí, segmentos ordenados por una intención abarcadora: la producción. No nos quedemos en esto. Somos más. De este modo resulta que la observación es un desplante liberador; nuestra inteligencia nos empuja a ello, a pesar de que estemos sordos por los estruendos de la vida contemporánea. Es un alto deber moral detenernos, buscar la pausa, dedicar tiempo a nosotros mismos, a estudiarnos como el milagro que somos. Cada día, cada mañana que rompe en las ventanas de nuestra casa ha de encender en nosotros el deseo de conocimiento y crecimiento infinito. No pidamos más, no nos conformemos con menos.

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