Nuestra alegre condición trágica

En consenso fraterno evaluamos espontáneamente la idea de montar un altar de dolores. Lo aprobamos gustosos. Es cierto que, el deseo generoso de nosotros mexicanos por compartir nuestras tradiciones en una tierra ajena como es Italia, nos hace evaluar más de una vez antes de decidir. La sensibilidad es y será siempre la mejor manera de hacer realidad el valor del respeto.

Como todo lo nuestro, extraño de por sí en tierra extranjera, acercarnos a lo más original posible es un acto de heroísmo. Hasta una salsa que tenga sabor verdadero a nuestra tierra, acá es un acto de héroes. Con todo, procuramos conseguir todo lo necesario aproximándonos a este objetivo lo máximo posible. Papel de colores, velas blancas, aserrín, telas en colores morados, papel picado por nosotros mismos, fruta, agua de colores, los signos de la Pasión… todo. Y claro, una bella imagen de la Virgen María que gustosamente esta vez aceptó ser la “dolorosa”.

Durante toda la jornada del llamado por nosotros “Viernes de dolores” estuvo expuesto a la vista y devoción de todos nuestro altar con una necesaria reseña muy breve en lengua italiana que explicaba los orígenes, significados y catolicidad de esta expresión de fe popular. Pudimos ver la sensibilidad de nuestros feligreses y de tantos turistas que para estos tiempos visitan la ciudad.

En la misa de la tarde, después de sensibilizarnos con el rezo del santo rosario y el viacrucis cuaresmal, tocó a mí incluir en la predicación una ilustración piadosa sobre este día tan apreciado por nuestro pueblo mexicano. Estar en otra tierra, rodeado de otras formas culturales te hacen tener por importante el no dar por supuesto las mismas categorías de valor y apreciación a lo tuyo. Es necesario usar las palabras justas, en sus modos justos, en momentos oportunos. Lo intenté diciendo a grandes rasgos lo siguiente.

Toda la vida cristiana encuentra su imprescindible itinerario en el Viernes Santo y el Viernes Santo es modelo y trazo de toda la vida cristiana. Es por eso que todas las culturas que han debido incluir al cristianismo han desarrollado formas particulares de celebrarlo llegando a adquirir tintes originalísimos que hasta hoy en día son muy apreciados incluso por los no creyentes, los anti cristianos o los confesamente no practicantes. Mi experiencia en como religioso y sacerdote en México me dan la seguridad de afirmarlo.

El Viernes Santo es el día del pueblo, el día del Cristo del pueblo. Es el de la liturgia propia formada de celebraciones sentidas, más que sólo celebradas. La misma Iglesia ha tenido que ser flexible –en no pocos casos tolerante- a estas expresiones de fe. La devoción a María doliente es ejemplo claro de esto. La dolorosa es la virgen del viernes. Porque ¿qué mejor que la piedad mariana para dejarnos en claro que lo religioso necesita tocar tierra, tomar color y gesto, ser viernes, domingo o lunes. Semana toda.

En el esfuerzo de ilustrar el sentido de la presencia de las distintas frutas en el altar me vi obligado a caer en un pecado en el que hace mucho no caía -por una especie de voto personal que hice alguna vez-, o sea, el de no forzar significaciones y significados, y mucho menos explicarlos a detalle. Era viernes de “perdón” y comencé por perdonarme a mí mismo. Explicaba a mis emocionados oyentes que no sólo eran expresión de la abundancia de aquellos en nuestras tierras, sino que también traían a consideración los abundantes frutos de la redención de nuestro Cristo por el cual María –que representa a todos- había vertido sus lágrimas en expresión silenciosa de sus muchos dolores.

Recordaba cómo la misma liturgia de la Iglesia ha tenido que sensibilizarse para con las culturas que han desarrollado liturgias propias para ese Viernes especial. “En nuestra vida –yo hablando como mexicano- el Viernes Santo se ha alargado anticipándolo. Por eso el viernes anterior, en respeto institucional a la centralidad de Cristo, lo dedicamos a María. Es nuestro “Viernes santo mariano”. Les dije.

No pude no traer a la memoria las tradicionales jaculatorias en honor a los dolores de María como tampoco sus patronatos sobre distintas instituciones eclesiásticas y de vida religiosa. Mucho menos pude dejar de lado que nuestra casa noviciado nos hace alzar los ojos tantas veces al día a María dolorosa como recuerdos que de él nos quedan.

Y es que, María vestida de negro, doliente ante la desgracia de su hijo, llena de entereza y presente toda en el Calvario, es modelo de todos nosotros. De nuestra formación y actitud ante la vida. De mirada valiente ante la realidad de nuestra tragedia . Porque como decía María Zambrano explicando al gran Miguel de Unamuno:

“En la vida, la tragedia es el estado inicial”.

(María Zambrano, Unamuno, 96).

Es parte de la profunda e íntima fibra del hombre. La religión misma brota de esta condición esencial. Toda religión es tragedia; en ella encuentra su origen, su historia y su salvación.

Nuestros pueblos latinoamericanos nacieron en esta condición trágica, su ser religioso primigenio era trágico. La condición sacrificial religiosa y la conciencia oferente son expresiones sensibles de la aceptación pacifica de esta tragedia liberadora. Se sacrificaba para liberar, para satisfacer, para ser. Tragedia hecha trascendencia. La religiosidad adoptada –el cristianismo-  simplemente se enriqueció de esta espiritualidad trágica y tomó nuevas direcciones con distintos personajes y derroteros. En lo personal, como mexicano, me fascina decir en estas tierras que como pueblo catequizado no nos causó problema el aceptar la realidad del sacrificio de Cristo –cruento y sacramental, la cruz y la eucaristía- precisamente por nuestros orígenes y practicas trágicas dentro de la vivencia religiosa precolombina.

En el Cristo sufriente y María adolorida vemos representada la agonía viva. La realidad misma de la vida humana. Son lagrimas entendidas como riego de la semilla de la alegría verdadera. Por eso, el Viernes de dolores (como el mismo Viernes Santo) no son días luctuosos, sino días alegres. Llenos de comidas especiales que no se dejan domar por las ataduras de la tradición penitencial. Son días de respeto al silencio que han hecho se haga la alabanza un canto desbordado de color, vestuarios y folclor. Son días que el angustioso y agónico: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” es el preludio del “No está aquí. Ha resucitado”. Pero de verdad. Por todo, el Viernes de dolores es alegría solemne, color de oración y encuentro con los nuestros. Se respeta el ayuno invitándolo a saborear los frutos de la tierra hechos agua de sabores para reunirnos en familia o con nuestros queridos. Decía el mismo Unamuno.

“La vida es agonía, porque es lucha”,

(Unamuno, La agonía del cristianismo. 37).

Es siempre Viernes Santo. La idea del Domingo luminoso es el regalo del Cristo en que creemos, su don más grande. María es el lugar privilegiado de ese paso vital, es decir, es el sábado intermedio. “Lugar donde muchos creyeron en Jesús” (Jn 10, 42) y siguen creyendo. Como lo parafraseé según la lectura del evangelio designado para ese día.

Creo los sorprendí cuando mencioné que Miguel de Unamuno había afirmado irreverentemente devoto que “el ser de la religión es hacer vivir al pueblo”. (Unamuno, San Manuel Bueno, mártir, 143) Mantenerlos vivos. Que había afirmado que cualquier religión es importante debido a que cada pueblo y cultura la hacen nacer y desarrollarse según sus necesidades. “Todas las religiones son verdaderas cuando logran consolar a un pueblo de la desgracia de haber tenido que nacer”. Sin contradecir al “hereje de su época”, como lo solía llamar María Zambrano, me gusta pensarlo de esa manera. Pero al revés. Nuestra cultura mexicana, como pueblo, también ha hecho vivir y ha consolado a la religión. Le ha dado tanto de la verdad que hoy el magisterio oficial –a la cabeza del Francisco argentino- promueve y que en Europa se mira como novedad y vanguardia. Con recelo digno de sospecha. Esa verdad de la convivencia armónica del dolor y la alegría, de la agonía y la vida, de la tragedia y la esperanza. Por eso a los mexicanos nos es cómica la muerte y reímos con ella el 2 de noviembre. Por eso san Antonio –símbolo de juventud y entereza- va puesto de cabeza y exhibido para lograr hacerse ver por alguno. Por eso un “¡viva!” lleno de esperanza y angustia iniciaron el camino de la liberación aquella madrugada de 1810 en Dolores.

Nuestra expresión festiva es contradictoria, o pareciera serlo. Sin embargo somos un pueblo que lleva en su ser los contrastes, los desencuentros de lo que es ser verdaderamente humano y profundamente religioso, recuerdo que María Zambrano advertía:  “La contradicción es sede de tantas verdades”. Sede de vivencias religiosas verdaderas que se encuentran en la raíz todavía no suficientemente descubierta del cristianismo. Nuestro ser cristiano es trágico, porque es lucha vivida en la esperanza y esperanza que lucha por mantenerse viva y real. Eso quisimos compartir: lo que se siente ser mexicano.  

¡Felices días santos a todos y buenas pascuas de resurrección!

Desde Tívoli, Italia.