La voz de Francisco


El motivo que impulsó a san Francisco a esta aventura ha suscitado durante ocho siglos tantas hipótesis a las que se han dado también muchas respuestas.  Era el tiempo de las cruzadas, periodo particularísimo en la historia de la Iglesia. No es mi intención adentrarme en una valoración o juicio del porqué de estos procederes de la Iglesia de aquel tiempo.

Los historiadores nos han dado interpretaciones diversas, por lo que a ellos dejo este objetivo. Quiero mejor pensar qué perseguía el santo pobrecillo, el enamorado de Cristo y, consecuentemente, el hombre. La Regla no bulada escrita por el mismo Francisco desde el inicio de la redacción indica el principio absoluto de la realidad franciscana:

“Esta es la vida del Evangelio de Jesucristo que el hermano Francisco pidió al señor papa Inocencio que le fuese concedida y confirmada”.

O sea, el Evangelio. Porque el Evangelio basta cuando se hace vida, es entonces que se hace entendible por todos y cuando no lo es, entonces debe también ser la respuesta para reaccionar: la “perfecta alegría” está también en la médula del Evangelio, es Evangelio puro.

El amor a los que nos desprecian y a los enemigos es una realidad evangélicamente puntual y exigente. El santo de Asís, con su vida concreta quiso predicar el evangelio. Quiso fuera un coloquio continuo con la Palabra de Dios encarnada en la humanidad, en la simplicidad y en la fidelidad. Es la encarnación del Hijo de Dios lo que Francisco quiere vivir y hacer vivir intensamente a los demás.

Así, en Greccio hace visible para la gente las cosas humildes que rodearon el nacimiento de Dios en este mundo y este gesto –simple y genial- lo convierten en poeta del Verbo encarnado, el lente que clarifica las bellezas de amor invisible de Dios a sus creaturas. Pero también en su corazón conservaba la realidad espiritual experimentada en San Damián: el crucificado que lo invita a reconstruir su Iglesia.

La voz creadora y reconstructora no cesará jamás de llamarlo, de incomodarlo, de encantarlo, pues aquellas “ruinas” símbolo de la frágil condición humana que por siempre poseerán la certeza de la disponible reconstrucción en el nombre de Cristo y por Cristo. 

Dominus, Sancta Civitas Deo fidelis,

quia per te animae multae salvabuntur

et in te multi servi Altissimi habitabunt

et de te multi eligentur ad regnum aeternum.

Esta ciudad es Asís para Francisco y ¿por qué no la Tierra Santa?.

Dejo un pensamiento del poeta Davide Rondoni:

“El hombre presente en el gran teatro del mundo es motivo de alabanza a Dios no por sus capacidades intelectuales o imaginativas, sino porque es capaz de hacer lo más ‘innatural’ fuera de la cadena causa-efecto: el hombre perdona. Hace una cosa libre, que no tiene motivo ni justicia, que es como es Dios: completamente libre. Sufre y perdona”.

Vemos a Francisco que se encuentra en la posibilidad de ofrecer el perdón, la acogida y el dialogo con quien, en aquel momento, significaba un peligro para la tierra del Hijo de Dios. En su mente estaba la imagen de la tierra donde Jesús había vivido, el suelo que él había pisado, los paisajes que había visto, los olores, los sabores de su tierra. De ahí nace en su corazón la posibilidad de la propuesta para el sultán: hacer aquella tierra compartida.

Francisco tenía en el corazón el grito de Jesús en la cruz: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”.  No quería que su Jesús perdiera la tierra también, ahí donde podía todavía ser buscado, visto, sentido. Más bien quería que fuera un lugar donde se reunieran en su nombre “dos o más” para encontrarse en la paz de Dios. Era convicción del santo de Asís que todos aquellos que visitasen la tierra de Jesucristo se sintieran observados y escuchados por Él. Que se convirtiera aquella tierra en un lugar privilegiado de comunicación directa y personal. Comunitaria y humana. Observados mediante la mirada de Cristo, aquella misma que bastó a Mateo para dejar todo inmediatamente y lo impulsó a seguirlo, la mirada que llenó de valor a Zaqueo para trepar el sicomoro sin importarle que esto hubiera podido ser motivo de burla para los demás. Quería ver al Señor que pasaba y no quedó desilusionado.

Esta moción que san Francisco sintió y que lo llevó a vivir esta aventura era la necesidad de salir de sí mismo y encontrar a un otro al cual poder ofrecer un gesto, una mirada que podría ser mejor y más eficiente signo de la filiación común. Ser hijos de un padre misericordioso como todo el mismo Corán define a Dios. 

Y todo esto lo encontramos dentro a un evento lleno de incógnitas. Dice otro poeta, Mussapi,  que el Cántico de las creaturas nace después de una noche terrible donde Francisco pasó por la gravedad de la enfermedad de sus ojos en una celda infestada de ratones. Verdadero o no, este dato quiere hacernos comprender que “la visión nace de la oscuridad, la gloria del sol –y Dios que lo ilumina para dar calor al mundo-, es cantada por un sufriente y no por un joven en lleno de fuerza”.

Si el cántico de alegría, -dice Mussapi- “de unidad con la realidad creatural del sol, de la luna, de las estrellas, del viento, del agua, del fuego, de las flores y de la hierba, no es exaltada en un momento de ensimismamiento empático sino en un momento de sufrimiento extremo y de obscuridad”. Entonces, ¿por qué no pensar lo mismo de Francisco en el momento de su encuentro con el sultán?

Es el canto absoluto de un sorprendente cristiano que pone su ofrenda de diálogo, de paz y de perdón a quien hubiera podido rechazarlo y tratar de mil modos al humilde fraile que tenía delante de él.

Pero Francisco es enérgico en aquello que indicará a sus hermanos: el amor es recíproco. “Como yo los he amado”, siempre amen, observen con amor a nuestra señora la dama pobreza y permanezcan fieles en obediencia a la Iglesia.

Estas tres directrices con raíz en el Evangelio constituyeron su fuerza y las podemos interpretar como co-participación en la pasión del Señor. El gran deseo del poverello que más tarde vendrá satisfecho por su Señor de un modo más concreto: con los estigmas. Con ellos en su cuerpo, Francisco se convertirá en la voz de la invitación siempre latente de Jesús: “ven y sígueme”.

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