Chigurh, un asesino interpretado por Javier Bardem en Sin lugar para los débiles, es un ejemplo perfecto de cómo ser coherente con un código moral, en este caso autoimpuesto, no basta para vivir.
En la cinta se menciona que Chigurh siempre cumple la palabra empeñada. Así lo hace cuando acude a matar a Carla Jean, novia de Llewelyn, a quien dio la oportunidad de salvar a su novia a cambio de revelarle la ubicación de un dinero robado a narcotraficantes abatidos en un tiroteo.
Podríamos decir que el asesino era un sujeto moral, alguien coherente, en el sentido de estar apegado a unos principios que él se había dado a sí mismo y que cumplía a cabalidad. Obviamente su actuar nos parece condenable, pero ¿por qué?, sobre todo si era coherente.
El nivel de tantas discusiones en política y en otros ámbitos de la vida muchas veces queda encasillado en la dimensión moral entendida al estilo del asesino en cuestión. Pero el debate no está allí, sino en el contenido que llena la vida y que después podrá configurar una moral. Por eso Chigurh nos resulta aberrante, porque el personaje, en el fondo, está situado frente a la Nada: a través de su violencia metódica –usa una pistola de aire comprimido para acabar con sus víctimas– afirma que no hay nada bello o grande por lo cual vivir.
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