Tiempo, sujeto e identidad

Por Ana de Lacalle

Photo by Tom Leishman on Pexels.com

La línea recta, ondulada o en bucle del tiempo es esa metáfora imprescindible sin la que no poseemos identidad. Constituye una imagen difusa en nuestro interior, en cuanto no podemos pensarlo en sí mismo más que como abstracción, que se va moldeando con en el transcurso de nuestra existencia —fijémonos que aquí está ya implícita la noción de tiempo—Cierto es que nos hemos dotado de herramientas para referirnos a él, acotando una sección determinada que funciona como el parámetro para pensar nuestra historia y la de la humanidad, llenándolo de contenido empírico que lo convierte en incontrovertiblemente real.

Ahora bien, desde Aristóteles que lo asimiló al movimiento para explicarlo, hasta Kant que sostuvo que era la condición de posibilidad a priori de la experiencia interna —junto con el espacio, las categoría a priori del único conocimiento posible— y llegando a Nietzsche con su teoría del eterno retorno, sin el que no podía concebirse la naturaleza de la voluntad de poder, en tanto que esta era la fortaleza de afirmar la vida inclusive si cada instante se repetía por toda la eternidad; o con otras palabras querer el presente con todo el poder aun sabiendo que será lo eternamente recurrente. Y la resultante, en consecuencia, querer con toda la fuerza lo que hay en el ahora, y el después, …que acaba haciendo de lo eterno -lo que no tiene ni principio ni fin- lo tozudamente presente. Bien, pues como vemos desde concepciones, casi comprensibles como meras metáforas, bien diferentes, lo que constatamos es que somos tiempo, porque no podemos concebirnos sin él.

Establecida esa intrínseca e inextricable simbiosis, conseguimos clarificar esa inercia que habita en cualquier sujeto a pensarse desde el ayer y el hoy. El pasado ha configurado en nuestra mente una silueta de quiénes somos, elástica representación que nos convida en el presente a modular sus límites para matizarla, pulirla o reventarla y reconstruirla a partir del instante en el que nos pensamos; evidentemente, esa explosión exige acciones que nos reconfiguren de manera distinta.

Esta relación entre acción y cambio de identidad se legitima mediante la constatación de que lo fenoménico, lo que aparece siendo es variable, sujeto a una modificación continua. Aunque no todo cambio sea perceptible de forma inmediata, deviene constatable al recurrir a la noción de tiempo, ese transcurrir entre una percepción y otra que nos muestra que aquello es y no es exactamente lo mismo. De ahí que ese rehacernos desde lo que hemos sido y lo que nos proponemos ser, requiera de actos que provoquen el cambio en un sentido y no en otro, ya que por experiencia sabemos que la mutabilidad no cesa.

Ahora bien, sin cierta percepción de una permanencia de algo en nuestro yo que no mute ¿cómo podemos re-conocernos como ese yo que sigue vagando por las líneas sinuosas del tiempo? La conciencia de un yo como sujeto que padece los cambios y los reconduce solo es posible gracias a la memoria. Esa facultad de retener de forma vívida una cierta noción de mi subjectum sometido al paso del tiempo, pero siempre siendo yo quien cambia, a voluntad o sin ella.

Sin identidad, nos hallaríamos anegados en una confusión, en disociaciones y desrealizaciones constantes que provocarían no solo esa carencia de un yo, si no una absoluta imposibilidad de orientar nuestra existencia, en la medida en que no poseemos noción de ser sujeto, individuo con conciencia y capacidad de decisión, estamos abocados a la disolución y al devenir arbitrario.

¿Estamos con esto afirmando que el yo es sustancia? —en el sentido aristotélico del término— No, obviamente, esa afirmación se escapa de nuestra capacidad de discernir sobre su certeza. Lo que sí estamos mostrando, con fuerte convicción, es que sin esa categoría que denominamos tiempo no hay interioridad y sin esta no ha lugar  un sentido de identidad que, provenga del recodo mental que sea imaginario o no, es necesaria para existir como sujetos con potencia, aptitud de constatar y decidir en qué sentido cambiar, puesto que la mutabilidad de todo cuanto hay parece un hecho—por ejemplo: todo envejece lo que indica que sufrimos cambios constantes—

Tematizando, ahora, el ejemplo anterior, la percepción de una existencia proyectada a la desaparición, por el inexorable paso del tiempo, nos lleva en la fase de madurez, quizás ya en los albores de la vejez, a plantearnos quiénes hemos sido y, en el tramo que nos cabe esperar que nos resta, en qué sentido deseamos reconducir ese sujeto que quedará en el recuerdo durante un tiempo, para pasar a ser olvido absoluto y alguien que ni tan siquiera existió —ya que morimos del todo cuando nadie nos recuerda—

Así, esa madurez ya que caduca es un tiempo privilegiado para quien, cultivando la reflexión y la autocrítica, posee el coraje de ser honrado con sí mismo y, en consecuencia, con los otros. Ese breve espacio de tiempo se convierte en nuestra última oportunidad de remedar, en lo posible, aquello que nos lleve a un morir sosegado y en paz. Aunque, no hace falta insistir, en que esa es una opción o una entelequia según cómo nos hayamos concebido a nosotros mismos, y al ser humano, durante nuestra existencia.

Dicho esto, la noción de tiempo nos dota de identidad finita; o, por el contrario, su falta nos imposibilita la conciencia de existir como sujeto y, por ende, ser fulminados antes de existir.

Como colofón, Marco Aurelio es un buen maestro:

El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; su sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su fortuna, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable. En pocas palabras: todo lo que pertenece al cuerpo, un río; sueño y vapor, lo que es propio del alma; la vida, guerra y estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido. ¿Qué, pues, puede darnos compañía? Única y exclusivamente la filosofía. Y ésta consiste en preservar el guía”^^ interior, exento de ultrajes y de daño, dueño de placeres y penas, sin hacer nada al azar, sin valerse de la mentira ni de la hipocresía, al margen de lo que otro haga o deje de hacer; más aún, aceptando lo que acontece y se le asigna, como procediendo de aquel lugar de donde él mismo ha venido. Y sobre todo, aguardando la muerte con pensamiento favorable, en la convicción de que ésta no es otra cosa que disolución de elementos de que está compuesto cada ser vivo. Y si para los mismos elementos nada temible hay en el hecho de que cada uno se transforme de continuo en otro, ¿por qué recelar de la transformación y disolución de todas las cosas? Pues esto es conforme a la naturaleza, y nada es malo si es conforme a la naturaleza.

Marco Aurelio, Meditaciones. Libro II, 17. Gredos. Madrid 1977. Traducción de Carlos García Gual. Pg. 66

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios .