Que el deporte sea signo de Unidad y de paz

Que el deporte sea signo de Unidad y de paz

Desde siempre he sido atlista. En casa de mi madre hay fotos con mis hermanos desde que éramos niños llevando la playera del ATLAS. Las personas que amo en mi familia son atlistas y siempre hemos compartido esta pasión por los colores del equipo, que sin lugar a dudas es identidad en nuestra ciudad, al igual que quienes le van a Chivas, el otro equipo local. El hecho de haber pasado 70 años sin ganar una liga nacional nos ha hecho soportar toda clase de burlas o chistes y esto se volvió parte del diálogo local en Guadalajara y supongo que muchos lo tomábamos así, en tono jocoso o amistoso. Aunque siempre existía cada temporada el deseo de romper esta racha de derrotas, fue en 1999 cuando un equipo excepcional nos hizo soñar con que era posible un campeonato, pero aquella final en Toluca que se resolvió en la tanda de penales nos volvió a mantener en la sequía. La fidelidad y la esperanza nos mantenía entusiasmados esperando que llegara “nuestro año”. 

Y finalmente llegó, en 2021. Fue una gran alegría, que se vivía en las calles y llenó el diálogo entre amigos, entre familiares, en redes sociales. Confieso mi gran malestar por un mensaje de la cuenta de twitter de Chivas donde se burlaban del festejo atlista. Y me molesté con los amigos que lo compartieron. Quienes somos tapatíos, todos, tenemos amigos chivas o atlistas, y siempre ha habido cierta rivalidad que en ocasiones ha llegado a niveles de violencia. Sabemos que ir a un juego entre los dos equipos implica un riesgo. Recuerdo la historia de un chaval de Zapopan, adolescente, que siendo chiva de corazón, un día después de un juego no encontró una camisa limpia en su casa y se puso la playera de Atlas de su hermano, cosa que le costó una golpiza en su barrio. Una escalada de violencia en México ha tenido sus efectos en el futbol, y hemos visto con preocupación que está dejando de ser un espectáculo de familias. 

Hasta que llegó el sábado 5 de marzo. Una riña de dimensiones dramáticas se generó en el Estadio “La Corregidora” durante el juego entre Atlas y el equipo de Querétaro. Aunque al principio se habló de heridos y muertos, según las declaraciones de los funcionarios locales indicaban que no se llegó a lamentar pérdidas humanas. Vimos una grave omisión por parte del equipo local y de las autoridades responsables de la seguridad en el estadio, pero sobre todo, vimos una violencia desbordada en las tribunas. Aunque las imágenes fueron fuertes, se dieron signos de esperanza en medio de la pelea: Niños de Querétaro que se quitaban la playera para darlo a las mujeres que llevaban la playera del ATLAS para que no fueran golpeadas, personas que cuidaban y acompañaban a los mayores y niños, personas que trataban de intervenir para calmar la situación a pesar del riesgo de ser golpeados. 

Y algo que me generó alegría y esperanza fue ver los mensajes de solidaridad en Guadalajara por parte de los seguidores de Chivas. El mensaje de la directiva, jugadores y muchos seguidores del equipo fueron de apoyo y de recordar que la rivalidad de equipos no significa odio o enemistad. Llamaban la atención las imágenes de gente llevando la playera de Chivas en el Estadio, con velas y orando ante la imagen de la Virgen por quienes estaban heridos o que no se sabía en ese momento de su paradero. Y es aquí donde vale la pena hacer una reflexión. En tiempos en que vemos guerra en Ucrania, polarización política por diversos lugares del mundo y cada vez un discurso más fuerte de odio al que piensa distinto, acontecimientos como este nos hacen voltear a ver lo que nos es común y que vale la pena defender. 

La riqueza de la diversidad de opiniones, de distintas aficiones deportivas, de manera de entender la vida o la política, deben hacernos valorar lo bueno, verdadero y bello que hay en aquello que no compartimos. Nos debe hacer pensar en que no somos ninguno de nosotros poseedores de la verdad, sino, que como decía Benedicto XVI, “La verdad nos posee a nosotros”. El diálogo no puede ser un juego de posiciones donde cada uno se cierra a la voz del Otro y lo descalifica sólo por el hecho de no coincidir. No caigamos en el juego de la polarización que lleva a la violencia y al desencuentro. No podemos ni debemos cerrarle la puerta al diálogo ni podemos negar que el Otro también tiene razones y argumentos válidos.

Espero estas situaciones dolorosas sean signos de que vengan tiempos de entendimiento, de paz y de Unidad, y que cada uno de nosotros seamos agentes de este cambio que necesita el mundo en el ámbito donde nos desarrollamos.

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