La brújula del sentido

Vivir es buscarle sentido a la vida. No parece demasiado evidente, sobre todo para nosotros los habitantes del siglo XXI, pero la vida en sí misma, como lo venimos diciendo en varios de nuestros artículos, no tiene sentido en sí misma. O al menos eso parece cuando uno observa atentamente la vida de algunas personas que parecen tener todo resuelto y, luego, algún suceso nos hace darnos cuenta de que no es así. Por otro lado, si la miramos desde el mero hecho biológico, al ser humano no le hace sentido (totalmente al menos) el crecer, reproducirse y morir. Mucho menos el morir. He aquí una de las grandes paradojas de ser humanos: vivir una vida que no revela su sentido inmediata y evidentemente. Esa tensión entre la vida que tenemos entre manos y la Vida con mayúscula, como lo que le da sentido a nuestro existir, se llama angustia, ansia, “mal au coeur”. Y todos la experimentamos de un modo u otro desde que tomamos conciencia de nuestro ser.

Hay un famoso poema, “Reír llorando”, de un poeta mexicano, que mi padre me solía recitar cuando yo era niño, sobre la vida de Garrick (1717-1779). David Garrik fue un gran actor británico que hizo resurgir a Shakespeare del olvido allí por el siglo XVII. Y era famoso por la interpretación de las comedias del gran dramaturgo anglosajón, haciendo reír a medio mundo. Bueno, pues resulta que Garrick se quitó la vida. El suicidio fue su última ironía. Este episodio dejó perplejo a Juan de Dios Peza, el poeta mexicano que plasmó su perplejidad de modo magistral en el poema ya mencionado. Algo parecido, me parece a mí, nos ha pasado a todos con la muerte de Robin Williams, gran actor y comediante que también eligió acabar con su vida. Pongo el ejemplo de estas vidas que parecían resueltas pero que se resuelven de modo que nos damos cuenta que sus protagonistas no tenían ni idea de cómo resolver la propia vida, cayeron en el absurdo, no soportaron el sufrimiento del sin-sentido y por esta razón decidieron darse muerte.

Lo que sucede, a mi criterio, es que como somos buscadores de sentido natos, a la vida le vamos dando sentido continuamente “con lo que tenemos a mano” para apaciguar un poco esa angustia o ansia que sentimos no sólo a nivel piel, sino a nivel también racional. De esta manera, para algunos el sentido de la vida está en el trabajo, para otros en lo material y lujoso, para otros en la fama y los honores, para otros en el placer sensible, y así sucesivamente. Pero resulta que esos “sentidos” no terminan de colmar la existencia humana, son pequeños “analgésicos” contra esa inquietud que experimentamos por el solo hecho de estar vivos. Dicho de otro modo, parece claro que el Sentido de la vida con mayúscula, ese que sí calma definitvamente la angst constitutiva que nos hiere, que nos hace sufrir, está en algo “metafísico”, para decirlo con un término filosófico técnico. Y lo metafísico remite nuestro discurso hacia el Deseo de infinito que anida en nuestra alma. Ya René Descartes hablaba en el siglo XVI de la “idea de infinito en mí”. Y antes de él muchos filósofos se refirieron a este Deseo (“Sed”, “Ansia”, “Anhelo”, se lo puede llamar de varias formas) de Absoluto.

Un filósofo francés contemporáneo, E. Levinas, sostiene que ese Deseo metafísico encuentra su sentido en la relación con el Otro. Esa relación, según el filósofo francés, consiste en ser responsable de la vida del Otro. Y dice “Otro” con mayúscula precisamente porque ese otro no es un ser humano cualquiera, sino una persona que a través de su “Rostro” me remite a ese infinito por el cual mi corazón late. Es lo que en la filosofía levinasiana se puede llamar “la vía ética”. En el Medioevo los filósofos hablaban de la vía cosmológica que nos lleva a Dios (teodicea), en la modernidad la vía de la interioridad o subjetiva, que ya habían anticipado Cicerón y Agustín de Hipona, y en nuestra época contemporánea la vía anteriormente mencionada (que tampoco es un invento total de nuestro siglo).

El otro, la persona, nos lleva a “Dios”. Dios significa aquí, el Sentido de la vida, aquel Bien Saciativo que nuestro “corazón” ansía y por el cual está inquieto, por usar terminología agustiniana. “El” analgésico absoluto contra esa ansia que nos mantiene en la búsqueda. Aquello por lo que pensamos: “mi vida vale, no es absurda, no es ridícula, no es inconsistente”, “esta angustia no es absurda, porque mi vida es más fuerte y más digna que este sufrimiento”. No obstante, no dejemos de aclarar que esa “inquietud” nos acompaña toda la vida, ya que la “fenomenicidad” de Dios no se deja “captar” totalmente. En el encuentro con el otro no siempre se nos revela la Alteridad, lo Absoluto, el Infinito. A veces solo vemos su “cara”, es decir, su identidad. Y la identidad del otro es lo que el otro ha hecho de sí mismo, y lo que el otro ha hecho de sí mismo no nos redime de nada. El otro como nuestro prójimo puede ayudarnos especialmente en los momentos de desasosiego, de sufrimiento moral, de dolor aparentemente sin sentido. Pero el otro, por sí mismo, tampoco es nuestra salvación. En todo caso, el otro es la vía por medio de la cual yo puedo encontrar un sentido para mi vida, en tanto asuma la responsabilidad que pone sobre mis hombros, solo por el hecho de ser persona. No somos responsables de los otros porque queremos, no se trata de un acto de nuestra libertad o empatía hacia el otro. Se trata de un ser elegidos por el otro a no abandonarlo, a responder por su vida. Y en este ser-para-otros le encontramos un sentido verdaderamente saciativo a nuestra inquietud metafísica constitutiva.

La vía ética es la brújula de este nuevo siglo, que no resuelve absolutamente nuestra existencia pero que la orienta y la hace soportable. La persona del otro nos obliga a responder por su vida, que es frágil y menesterosa. Huella de que hay algo más por lo que vale la pena vivir y no matarnos en el intento.

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