Con los niños sí

ninos3Leía esta mañana una nota en el diario Milenio. Ahí se dice que la actual jefa de gobierno de la Ciudad de México anuncia la desaparición de un programa de apoyo a “niños genio”, es decir, niños con elevadas capacidades intelectuales. En concreto se trata de “103 mil 520 niñas y niños de entre 6 a 15 años con aptitudes académicas sobresalientes (calificación entre 9 y 10), residentes e inscritos en escuelas públicas de educación primaria y secundaria de la Ciudad de México”. Esto es muy lamentable por donde se le vea y a mi juicio refleja la ineptitud, la insensibilidad y la soberbia de quienes ahora mismo detentan el poder en México. Estos niños ya han enfrentado desde siempre la indiferencia de una sociedad que hasta hoy se ha dedicado a auxiliar a niños con discapacidades, lo cual todos aplaudimos, faltaría más. El caso es que ahora que por fin y en consonancia con otros países comenzamos a darnos cuenta de la necesidad de encauzar todo este talento, gente sin conocimientos ni escrúpulos arroja con la siniestra los dados sobre un tablero de “serpientes y escaleras”: maldita sea, toca descender. No importa, tocará entonces volver a empezar.

El asunto me conmueve particularmente porque creo que la educación es la fuerza de transformación personal más democrática que existe. Los libros abren puertas, las cátedras allanan el camino hacia un más elevado porvenir; yo mismo me he abierto paso en la vida depositando toda mi energía en un trabajo intelectual diario, disciplinado y ardoroso. Me excitan las bibliotecas como las ermitas han de incendiar el corazón de los hombres de fe; me conmueven las universidades, los debates públicos, los centros de investigación tecnológica, el ejercicio meticuloso de la crítica, el rigor de la academia, el silencio dulce de los museos -donde uno puede escuchar la hermosa sinfonía de los siglos-. Me cumplo en el deseo de saber y en el reconocimiento público de mi ignorancia: el camino sigue y yo me aferro a esta voluntad de cultivar, con mis limitaciones y mis vicios, todas y cada una de las parcelas de mi espíritu. Lo que pido para mí no es poco ni mucho, es todo, pero me atrevo a pedirlo porque también lo pido para los demás.

Un gobierno auténticamente visionario ha de promover a los sobresalientes, estimular a los mediocres y auxiliar con prontitud a los marginales: todo a la vez. Su función no ha de ser la de subvencionar la incompetencia sino la de animar el desarrollo y el crecimiento intelectual y económico de la gente; se trata, sobre todo, de comprender el curso de la historia: se gobierna para el ahora, sí, pero con la mirada puesta siempre en el porvenir. No hay gobernante más miserable que aquel que condena por acción u omisión a toda una generación a repetir en sus carnes las dificultades ya padecidas por sus padres. Un niño tiene derecho a jugar y a soñar, a aspirar a romper las fronteras que le imponen su geografía y su condición social; y los adultos, sobre todo los que tienen el poder político y económico en sus manos, tienen el altísimo deber moral de intentar a toda costa que esos sueños se cumplan. Invocar entre lloros a los miserables es abrir un falso debate: los conocemos bien, es una trampa retórica.  Un gobierno populista es un gobierno de canallas porque hace de los anhelos de los más débiles un botín de intercambio. No les interesa la libertad y el progreso, les interesa la diseminación de su ideología: son, igual que las enfermedades contagiosas, una auténtica amenaza que debe ser “fumigada”, como decía Octavio Paz, con el “insecticida” de la crítica.

Detesto la incompetencia de esta gente, la insensibilidad, la visión cavernaria del mundo. Ajenos al pulso de la realidad, reculan y se esconden en las catacumbas de una tan inútil como patológica nostalgia: quieren arrastrarnos a todos a vivir bajo la tierra. El futuro no se encuentra en la simplicidad aldeana sino en la convivencia planetaria compleja a la que dulcemente estamos destinados todos, incluso esos que quisieran treparse nuevamente al árbol del que la humanidad se desprendió alguna vez.

Me aterra imaginar que muchos niños en México, niños con enorme potencial, han de vivir condenados a la grisura impuesta por una camarilla de inconscientes, incapacitados para cumplir a cabalidad la misión más elevada que tenemos los adultos: allanar el camino a los que vienen. Los pequeños ahora despreciados son víctimas de una tiranía cínica que ignora lo que ignora, que se afirma en las supersticiones y los prejuicios y que, como claramente carece de nobleza espiritual, hace florecer un bosque de venenos y de sombras a su paso.

La educación libre es una lucha que vale la pena y que muchos ahora mismo se encuentran realizando. Hace poco hablé con un primo mío, padre de un prodigio matemático que no alza unos cuantos palmos del suelo y que tiene mucho que ofrecerle a esta humanidad. Él y su esposa han abierto un frente para crear conciencia e instruir a los demás sobre el potencial enorme que tienen estas criaturas; su hijo es afortunado porque ellos han podido auxiliarlo en su desarrollo, pero ¿y los demás, los menos afortunados? Arrojar el talento a las letrinas, como pretende hacer esta gente, es una de las formas más burdas de la estupidez y la indecencia.

Con los niños sí, con los niños siempre.

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