Dominus flevit

Como parte de las peregrinaciones litúrgicas de los franciscanos en la Tierra Santa, como un modo de vivir y profundizar en los misterios de la salvación, y con la aprobación del papa León XIII en el año 1883 junto con una serie de oficios ligados a la Pasión de Cristo, es como celebramos hoy el Dominus flevit (El Señor lloró), en medio del monte de los Olivos, en el santuario que se levanta sobre los restos del antiguo monasterio bizantino del siglo VII.
En este día la liturgia de la Palabra nos propone tres textos, de los cuales cito algunos versículos.
“Mis ojos se deshacen en lágrimas día y noche, por la terrible desgracia de la Doncella de mi pueblo, una herida de fuertes dolores.” (Jeremías 14, 17)
“Y ahora lo repito con lágrimas en los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo; su paradero es la perdición.” (Fil 3, 18)
“Al acercarse Jesús a Jerusalén y al ver esta ciudad, lloró por ella diciendo: ‘¡Si también tú conocieras en este día el mensaje de paz! Pero ahora ha quedado oculto a tus ojos.” (Lc 19,41-42)
De lo cual, yo canto lo siguiente:
¡Qué dolor cuando no se conoce el día del Mensajero de la paz!
Cuando el Sol camina en medio de su pueblo
y las calles desean permanecer en tinieblas!
¡Qué dolor no escuchar los pasos
del que anuncia Buena Noticia
y ver que en la garganta
llevan un sepulcro abierto!
Llora el profeta el adulterio de su pueblo;
le queman las palabras en las entrañas.
Llora la confusión de los que prometieron fidelidad.
Le duele el vacío,
el vértigo en las venas de los ciegos.
Llora el Cristo ante la ciudad eterna,
porque sus hijos piden sangre,
aferran la piedra con fuerza.
Solo un ladrón se arrepintió;
el cobrador de impuestos subió al árbol de salvación;
Jericó atestiguó la danza del ciego
convirtiéndose en un estallido de gozo junto con el leproso,
el extranjero, desterrado desde la carne;
todos gozan, menos tu pueblo.
Llora Pablo la dureza del afán
de aquellos que se aferran a vestirse del hombre viejo.
¡Qué añoranza de la miseria!
¡Qué deseos de morder las cebollas de Egipto!
Si conocieras el mensaje de paz,
si conocieras la mano que no lanzó roca
y abrazó el clavo cruel;
si conocieras al que multiplicó el vino para la boda,
pero que bebió nuestra hiel.
¡Oh Jerusalén! Tu Señor te purificó ya con su llanto,
aunque si eres cisterna agrietada.
¡Oh Jerusalén! Si conocieras a aquel que derramó su vida por ti.
¡Oh Jerusalén!
[Jerusalén, 2020]

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