Pandemia: ante el límite de nuestra libertad.

Los seres humanos estamos pasando días sin precedentes. Nos enfrentamos a una pandemia inusitada e inesperada que no tiene comparación ni con la pandemia del VIH, ni con la gripe porcina, ni siquiera con el SARS, en lo que tiene que ver con el alcance y la rapidez del contagio en la era moderna y contemporánea. Llama poderosamente la atención las noticias que llegan de centro Europa, en particular de Italia, en donde uno de los mejores sistemas sanitarios del mundo se encuentra totalmente sobresaturado por el número de infectados. Y, según información extraoficial, algunos médicos se ven en la alternativa de tener que decidir a quién le dan respiración mecánica y a quién no, dado que no alcanzan las máquinas que brindan este soporte para la cantidad de personas en terapia intensiva en ese país. Lo que significa que, como en una guerra, tienen que decidir quién vive y quién no.

La reflexión que viene a mi mente ante este suceso de consecuencias inciertas, es que este virus y la enfermedad que causa pone en evidencia la vulnerabilidad de los sistemas más modernos de control y, que marca (otra vez) los límites del “progreso” científico. Algo que sucede cada vez más seguido por lo menos desde mediados del siglo pasado, y que estimo seguirá sucediendo, como lo vienen anticipando varios científicos y pensadores, con fenómenos, como por ejemplo, el calentamiento global.

La visionaria y mordaz Mafalda.

La famosa tira argentina de Mafalda consagró de la boca de su misma protagonista la frase “qué atrasado está el progreso”. Ironía mordaz del dibujante Quino que hoy viene como anillo al dedo ante la situación especial que vive la aldea global, donde ha triunfado hace tiempo la ideología de “controlar el futuro”. Una de las principales trampas y engaños de la mencionada idea es pensar que la historia puede ser un objeto, que por ser tal, sería manipulable. Conocido es el pensamiento de Marx en este sentido, de su obra Tesis sobre Feuerbach: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Si a esto le adicionamos otra ideología, la cientificista que aporta la tecno-ciencia como el elemento transformador esencial del mundo y de su devenir histórico, tenemos como producto la teoría de un progresar humano totalmente controlado y hacia un futuro utópico ideal, cuasi edénico. Rige de fondo una teodicea racionalista y materialista en donde Dios es la Ciencia o el Estado y la historia, el “espacio” en donde el hombre construye con la astucia de la Razón y la fuerza casi mágica de la tecnología un paraíso terrenal.

Pero de pronto, en medio del frenesí del consumismo, de las finanzas de Wall Street, de los últimos avances científicos que estarían transformando nuestra salvaje realidad en el nuevo Edén, en medio de la fiesta de libertad humana inaugurada por el Siglo de las Luces, aparece un ser de menos de 0,3 micras de diámetro que pone en jaque a la humanidad y a toda su farsa progresista. Vergüenza causa ver cómo queda en evidencia la debilidad del ser humano y el acotado poder de su libertad. Esa libertad que, en nombre de las ideologías antes mencionadas, se creía absoluta y invencible.

El coronavirus reubica nuestra especie Sapiens en la cruda realidad, como si nos sacara del mundo ideal e imaginario creado por la “Matrix”. Y nos redescubrimos lábiles, impotentes, temerosos y desconcertados. El futuro ya no es lo que era. El tiempo, la historia, ya no está en nuestras manos. Parafraseando al filósofo francés E. Levinas, la teodicea racionalista se ha consumido y ha terminado. El coronavirus marcaría el fin de la época de la teodicea tecno-científica racionalista. La libertad del Sapiens ha chocado contra el muro de su propia finitud. La salvación, el paraíso terrenal, no podremos fabricarlo nosotros: impotencia absoluta.

Por tanto, o volvemos a creer que la Salvación viene de otra parte y de forma totalmente gratuita, o dejamos de creer en ella y nos hundimos en el nihilismo y el absurdo, que paradójicamente siguen sin poder anular el deseo de infinito del ser humano, pues por más nihilista que seamos no nos queremos morir. La pandemia actual es una prueba fehaciente de ello.

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