Tú, YHWH

Tú eres mi espada,
aquella que le cerró el camino a Adán y Eva.
Con ella,
como si fuera Goliat,
me cortaste la cabeza,
y mientras rodaba cuesta abajo por los pastizales
de mi soberbia,
aún con la piedra incrustada en la frente,
sentí tu tajo en mi costado;
pero de mí no salió sangre y agua
sino aire,
como cuando de niño caía
y me quedaba sin aliento,
quieto,
conteniendo el sollozo
a la espera del siguiente respiro,
una eternidad sin aire,
otra sin cabeza.

Soy yo solo con el alma
delante de su silencio,
sin cabeza, sin aliento,
voluntad que yace vencida, sin vida,
sin nada para comprender el todo,
desprovisto,
desnudo;
pobreza de la creación
que me lanzó al mundo:
Primero la testa
y luego el llanto;
supieron que estaba vivo.

El llanto,
ese terremoto del corazón
que rasgó el velo en dos partes.
Luego, silencio,
el más dulce silencio.
Ahí apareciste vos.

[Israel, 2020]

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